Enero asunceño

En el cenit tardo y pausado de enero que no es chuchería, todo se vuelve locrino, aquella lozana y vigorosa yuyera se torna callada, olvida su esencia charlatana, su boca sólo escupe palabras cambalacheras ¡Para refrescarse, rico el poha para el terere bien helado, para refrescarse....!

Bajo su viejo angu´a guarda dos billetes y en su delantal de lienzo criollo, unas cuantas monedas, niquel según su jerga. Al costado deja su apyte ao, casi cerca del camino de hormigas rojas, que, aunque por naturaleza ligeras, hoy torponas arrastran sus pasos sobre el empedrado buscando los restos de yuyos que Petronila arroja a la calle.Han hecho su hormiguero, entre la piedra y la acera, justo al costado de un ambay sinvergüenza , que crece sin permiso municipal.

Solo los más valentinos hacen un alto en el insalubre andar del perpétuo enero, bajo el arahaku. Agotados suspiran por un mazo bien machacado de menta´i y otro de cedrón kapi´i. Tres por mil, dice la marchante – completáme con koku, responde el comprante. Suspiran por un yuyo salvador, que les regrese la energía expoliada, consumida ya por la digestión del pastel de gallina casera del terere rupa.

La marchante carga sus yuyos en el canasto,levanta su viejo mortero , se arregla el apyte ao, el anillo carretón, acomoda también su aro de filigrana y coqueta se pone el kygua vera, regalo de su difunto.

-No hay que besar en enero – piensa mientras naquea – hakuveta upeicha…

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