Muerte de Mandiju, un corcel guaraní en un quilombo pernambucano

Día 730 de cautiverio:  no puedo más, siento que el gran corcel de la muerte, el azabache mayor viene a llevarme a los páramos prometidos del mundo infinito del dios equino, aún recuerdo como fui engrillado por el cabo Seca Diablo por aquel ysypo al borde del Aquidabán Nigui, vi como esa turba de macacos brasileros se divertían con el cuerpo de mi señor, morir al pequeño Pancho en los brazos de la madama, cómo aquella soldadesca cortaba la oreja del infortunado Mariscal y aunque quise no pude ayudar a la madama a cavar la tumba de su amado hombre y del pequeño Pancho, fui propiedad de aquel cabo bandeirante por 213 días, atravesé todas las fasendas matograndenses, las Minas Gerais, vi todas las banderas y soporté la tortura de observar como los mamelucos, brutos hombres, se divertían cocinando vivos a indios y dando latigazos a negros africanos en los azucarares nordestinos, el cabo Seca Diablo me vendió a un fasendeiro y luego este pagó  conmigo, a un caipira su jornal, desde ese día llevo y traigo fardos de caña de azúcar del quilombo da Sapucaia, mi alma pide paz.

Mi cuerpo es una suma de chicotazos, un depósito de carachas, un almacigo de garrapatas, mi vientre es una inmensa crisálida de tenias y mis huesos quebrados y curados por la bien ventura piden merced divina, quedar dormido y no despertar, soñar con los campos de  batalla, volver a ser Mandiju, el corcel de aquel napoleón criollo, fiero, terco y respetado, añoro sus caricias, su olor.


¡Ay muerte, llévame a cabalgar a tus praderas!

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